Aquellos en quienes los sentidos se tornaron tranquilos como corceles domados, y que carecen de orgullo y concupiscencia, a ellos, los mismos Dioses los alaban.
Incluso los dioses aprecian al sabio, cuyos sentidos están dominados como caballos bien entrenados por un auriga, cuyo orgullo está destruido y que está libre de cánceres.

Comentario profundo

Este verso alaba al Venerable Maha Kaccayana, quien fue profundamente venerado incluso por seres celestiales como Indra porque protegía perfectamente sus sentidos. Cuando otros monjes sintieron celos, el Buda explicó la importancia suprema de la moderación de los sentidos. Cada día, nuestros seis sentidos (ojos, oídos, nariz, lengua, cuerpo y mente) entran en contacto con sus correspondientes objetos externos. Para los no despiertos, si estos sentidos se dejan desprotegidos, actúan como "seis ladrones" que roban nuestra paz y nos arrastran al anhelo y al sufrimiento. Sin embargo, un ser iluminado doma estos sentidos del mismo modo que un auriga experto doma a los caballos salvajes. Perciben el mundo sin caer en los extremos del apego o la aversión. Cuando la mente ya no discrimina entre gustos y disgustos mundanos, el orgullo y las impurezas mentales se disuelven naturalmente. El nirvana no es un lugar lejano; se encuentra aquí mismo, en el mismo momento en que nuestros sentidos encuentran el mundo sin ser manchados por él.

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