Comentario profundo
Este verso fue enseñado por el Buda en el Monasterio de Bamboo Grove en relación con el Venerable Pilindavaccha. Según la historia, Pilindavaccha tenía la costumbre de utilizar un lenguaje rudo e inculto. Siempre que hablaba con otros, incluso con los mayores, usaba palabras groseras como las que se escuchan entre personas descuidadas y rebeldes. Debido a esto, los otros monjes a menudo se quejaban e informaban al Buda de su discurso irrespetuoso. El Buda lo llamó y le preguntó al respecto, y Pilindavaccha admitió que había hablado de esa manera y que había cometido tales errores. Luego, el Buda dijo a los monjes que no lo culparan demasiado, porque esto no era simplemente un hábito de su vida actual. Durante quinientas vidas pasadas había hablado de la misma manera áspera. Era la fuerza de un hábito profundamente arraigado. Aquel que ha destruido las impurezas no habla con una mente cruel o dañina y no usa palabras intencionalmente para herir a otros. Por lo tanto, los monjes deben comprender y perdonar a aquel cuyas viejas tendencias estaban profundamente arraigadas y aún no habían abandonado completamente su expresión. Este versículo nos enseña a tener cuidado con el habla. El habla es un instrumento agudo en la interacción humana y puede traer grandes beneficios o grandes daños. Cuando se usan con habilidad, las palabras amables, amables y sinceras pueden animar, consolar y guiar a los demás. Tal discurso embellece tanto al hablante como al oyente. Sin embargo, las palabras amables deben surgir de un corazón veraz. Cuando la mente es veraz, las palabras se vuelven veraces, porque el habla es la expresión exterior del pensamiento. El Buda enseñó que hablar con la verdad es un discurso beneficioso. Un practicante, cualquiera que sea la situación, favorable o difícil, debe hablar en voz baja y pacífica, sin utilizar nunca palabras crueles que dañen a otra persona. En cuanto al lado dañino del discurso, debemos recordar que cada palabra y cada acción lleva nuestra propia marca. Por lo tanto, debemos tener tanto cuidado con la expresión como lo tendríamos al firmar un documento importante. Si firmamos algo por descuido y sin entenderlo, las consecuencias pueden ser graves. De la misma manera, una vez que las palabras o acciones han herido a otros, los resultados que recibimos, ahora o más adelante, pueden ser difíciles de medir. Una vez pronunciadas las palabras, ¿cómo se pueden borrar? Una sola palabra puede beneficiar a muchos, pero también puede crear un gran sufrimiento para un individuo o incluso para toda una comunidad. Por lo tanto, quienes siguen el camino del Buda deben entrenarse para hablar y actuar con atención plena y honrar la verdad. Si podemos hacer esto, la paz y la felicidad estarán presentes en cada momento. La historia también muestra cuán poderosos pueden ser los hábitos duraderos. Debido a que Pilindavaccha había usado un lenguaje descuidado, duro e irrespetuoso a lo largo de muchas vidas, incluso después de convertirse en un monje mayor, ese hábito verbal todavía aparecía. Leer esta historia nos ayuda a comprender a las personas cuyos hábitos dañinos son profundos y duraderos. Al mismo tiempo, debemos examinar cuidadosamente nuestros propios hábitos. Incluso las personas que practican, dan, cantan, meditan o hacen buenas obras pueden descubrir que los hábitos groseros y nocivos no pueden abandonarse de la noche a la mañana. Al comprender esto, nos volvemos más capaces de perdonar y simpatizar con los demás. Ésta es una lección importante de la historia. Debemos resolver firmemente eliminar los hábitos nocivos que causan sufrimiento, como hablar demasiado, hablar descuidadamente, usar palabras duras, la adicción, el exceso, el chisme y deleitarnos en las faltas de los demás. Cada mal hábito que abandonamos nos hace más ligeros y libres. Al mismo tiempo, debemos cultivar hábitos saludables que nos beneficien a nosotros mismos y a los demás, como la recitación, el recuerdo del Buda, la reverencia, la meditación sentada, la atención plena a la respiración, la escucha profunda, hablar menos, caminar con calma, examinarnos a nosotros mismos y reconocer nuestras propias faltas. Al cultivar esos buenos hábitos, renovamos nuestra vida. Entonces la paz y la felicidad pueden surgir aquí y ahora. Practica con sinceridad y verás los resultados gozosos y beneficiosos para ti mismo.
Asistente IA Zen
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