Ni siquiera una lluvia de monedas de oro puede calmar la sed de placeres sensuales. Poca es la dicha, y mucho el dolor que dimana de los placeres de los sentidos. Sabiendo esto, el sabio no halla deleite ni aun en los gozos celestiales. Los discípulos de los Budhas se deleitan tan sólo en la destrucción de sus apegos.
No hay satisfacción para los deseos sensuales, ni siquiera con una lluvia de monedas de oro. Porque los placeres sensuales dan poca satisfacción y mucho dolor. Habiendo comprendido esto, el sabio no encuentra deleite ni siquiera en los placeres celestiales. El discípulo del Buda Supremo se deleita en la destrucción del deseo.

Comentario profundo

Este verso, enseñado junto con el verso 186 en el Monasterio de Jetavana, sirve como una reflexión continua sobre la impermanencia de los bienes mundanos y la necesidad de renunciar al anhelo. El Buda utilizó el ejemplo del monje tentado por una pequeña herencia para enseñar que la codicia es un pozo sin fondo; Ninguna cantidad de riqueza material (ni siquiera las legendarias lluvias de oro otorgadas a los monarcas universales del pasado) puede proporcionar una paz duradera. La nota enfatiza que las distracciones modernas son aún más omnipresentes que las del pasado, lo que hace que la decisión del practicante de permanecer desapegado de las ganancias materiales y del placer sensual sea esencial. El verdadero progreso espiritual no se mide por el éxito externo, sino por el desmantelamiento sistemático de los "Tres Venenos" (la avaricia, el odio y el engaño). Así como los reyes de antaño abandonaron sus tronos, el practicante debe reconocer que aferrarse a los deseos mundanos es la raíz del sufrimiento. Sólo eligiendo el camino de la renuncia y la purificación interior se puede alcanzar la felicidad verdadera e inquebrantable.

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