Dondequiera que van los sabios, la paz va con ellos. Habiéndose desapegado de todas las cosas, ya no buscan el placer sensorio. Ya sea que la dicha los visite o sean presas del dolor, no muestran por ello ni exaltación ni abatimiento.
El bueno renuncia al apego por todo. Los virtuosos no parlotean con anhelo de placeres. Los sabios no muestran júbilo ni depresión cuando se sienten afectados por la felicidad o la tristeza.

Comentario profundo

Este versículo distingue a los virtuosos y a los sabios. Los virtuosos renuncian por completo al apego a los deseos mundanos y comprenden que el anhelo es la raíz del sufrimiento. Aquellos que constantemente persiguen los placeres sensuales nunca están verdaderamente satisfechos, incluso si alcanzaran toda la riqueza del mundo. La verdadera felicidad proviene de la satisfacción y del abandono de los deseos excesivos. Además, los sabios no se dejan llevar por las dualidades de la vida, como la euforia y la depresión, o la felicidad y la tristeza. Entienden la naturaleza impermanente e ilusoria de las fluctuaciones mundanas. En lugar de preocuparse constantemente por las ganancias y las pérdidas, viven en el momento presente con atención plena, permaneciendo en paz e imperturbables ante las circunstancias siempre cambiantes de la vida.

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