Aquel que es perfecto en virtud y que se entrega a la meditación, que se halla establecido en el Sendero Espiritual, que siempre dice la verdad y que jamás evita hacer lo que debe, ése es amado por todos.
La gente aprecia a aquel que encarna la virtud y la perspicacia, que tiene principios, que ha realizado la verdad y que hace lo que debe hacer.

Comentario profundo

Este verso fue pronunciado en el Monasterio de Jetavana en relación con un grupo de quinientos jóvenes. Mientras el Buda y sus discípulos se dirigían a Savatthi en busca de limosna, se encontraron con estos jóvenes que llevaban provisiones para un festival. A pesar de pasar junto al Buda, no le ofrecieron ningún alimento. El Buda comentó a sus discípulos que, aunque no habían ofrecido comida ahora, pronto lo harían, tal como se les indicaría que lo hicieran. Más tarde, bajo la influencia del Venerable Kassapa, que siguió al Buda, los jóvenes regresaron y ofrecieron su comida a la comunidad. Cuando algunos discípulos expresaron inquietud por el repentino cambio en el comportamiento de los jóvenes, el Buda explicó que un monje como Mahakassapa es profundamente venerado tanto por los dioses como por los humanos por su gran virtud. Luego, el Buda enseñó este verso, enfatizando que el verdadero valor se encuentra en aquel que posee moralidad (sila), sabiduría (panna) y la encarnación de las virtudes espirituales. Destacó que el verdadero valor de un practicante no reside en su conocimiento intelectual, sino en su conducta y adherencia al camino, que es lo único que puede inspirar y transformar a otros.

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