Si una persona ha hecho un bien, debe volver a hacerlo y complacerse en él. El fruto de los buenos actos es la felicidad.
Si una persona hace el bien, que lo haga una y otra vez. Que encuentre placer en ello, porque bienaventurada es la acumulación de bien.

Comentario profundo

Este versículo complementa el anterior, instando a perseverar a quienes hacen el bien. A menudo, las personas comienzan actos virtuosos con entusiasmo pero se dan por vencidos cuando se enfrentan a obstáculos, a veces porque sus motivos subyacentes eran erróneos: buscar fama, reconocimiento o alimentar su ego. Hacer el bien requiere paciencia, resiliencia y, lo más importante, desapego (Upekkha/Dejar ir). Si nos aferramos a nuestras buenas obras esperando elogios, sufrimos cuando nos ignoran o critican. Servir a los demás con un corazón alegre y humilde beneficia a todos. Por el contrario, hacer caridad con una mentalidad arrogante o que se enoja fácilmente arruina el mérito y aliena a los demás. ¿Cómo conduce la acumulación del bien a la bienaventuranza? La psicología budista explica la Alaya-vijnana, o conciencia de almacén. Cada acción, pensamiento o palabra intencional planta una "semilla" en esta conciencia profunda. Cuando realizamos constantemente acciones saludables, estamos almacenando buenas semillas. Cuando estas semillas maduran, se manifiestan naturalmente como alegría, paz y renacimientos favorables, del mismo modo que las semillas acumuladas de un hábito negativo impulsan compulsivamente a una persona hacia el sufrimiento. Por tanto, almacenar continuamente buenos actos garantiza la felicidad futura.

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