“Que todos me admiren. Que me elogien y enaltezcan. Que me obedezcan en todo”. He aquí cómo piensa el necio; y sus deseos, así como también su orgullo, crecen sin cesar.
"Que tanto los laicos como los monjes piensen que lo hice yo. Que me sigan en cada obra, grande o pequeña", tal es la ambición del tonto; así aumentan su deseo y orgullo.

Comentario profundo

Esta enseñanza se aplica tanto a los monjes como a los laicos. Si bien los monjes se separan de los asuntos mundanos, permanecen profundamente interconectados con todos los seres a través del principio de origen dependiente; cada acción sana o malsana influye en el todo colectivo. Por lo tanto, la verdadera carrera de un monje no es construir grandes templos o estructuras físicas masivas, sino cultivar la "Sabiduría". Cuando realizamos acciones mientras permanecemos apegados a las formas, nuestro ego toma el control, lo que nos lleva a la mentalidad tóxica de: "Yo hice esto y todo debe hacerse según mis órdenes". Cuando las cosas no salen según nuestros deseos, inmediatamente surgen la ira y la aflicción. Las mentes mundanas son inherentemente subjetivas, se consideran primordiales y esperan obediencia absoluta de los demás. Esta inflación de poder exalta el ego, haciéndolo tan inflexible como una montaña. Los tontos quedan atrapados en esta ilusión, lo que hace que su codicia y arrogancia aumenten constantemente. Se aferran a sus logros hasta su último aliento, confundiendo construcciones temporales con lo eterno y rodando así sin cesar en el océano del dolor.

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