Mejor es vencerse a sí mismo que vencer al resto del mundo. Ni un Dios, ni un Gandharva1, ni Mara, ni Brahmâ 2 podrán convertir en derrota la victoria de aquel que se ha dominado a sí mismo y lleva una vida de serenidad.
La conquista de uno mismo es mucho mejor que la conquista de los demás. Ni siquiera un dios, un ángel, Mara o Brahma pueden convertir en derrota la victoria de una persona que está sometida a sí misma y siempre restringida en su conducta.
Comentario profundo
Este versículo se le enseñó a un jugador que sólo entendía las ganancias y pérdidas mundanas. El Buda explicó que las victorias mundanas (ya sea en batallas, competiciones o juegos de azar) sólo alimentan el ego y perpetúan el conflicto y el sufrimiento. Una persona puede conquistar a los demás pero seguir siendo esclava de sus propios deseos. La verdadera victoria requiere autocontrol constante y someter la propia codicia. A diferencia de la emoción temporal de ganar, que a menudo conduce a la ruina, conquistarse a uno mismo trae verdadera claridad, compasión y paz duradera.
Este verso del Dhammapada nos enseña que la verdadera victoria no reside en conquistar a otros, sino en conquistarse a uno mismo. Es un triunfo sobre nuestros propios deseos, apegos y aversiones.
Como se explica, las victorias mundanas solo alimentan el ego y perpetúan el sufrimiento. En cambio, cuando logramos el autocontrol y restringimos nuestra conducta, alcanzamos una victoria que es inquebrantable. Ni siquiera las fuerzas más poderosas pueden convertir esta victoria interna en derrota, porque surge de la serenidad y la paz duradera.
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